Corrió a casa. Trajo de vuelta la única vasija que tenía. Esa, la que estaba en el pedestal de la entrada. Imponente, impecable, adornada de piedras preciosas y arabescos. Resplandecía con luz propia y valía su peso en oro. El tendero de la tienda no podía creer que quisiera intercambiar esa obra de arte, esa joya de gran precio, por esta baratija inútil, pero era el trueque del siglo, el negocio que le permitiría retirarse. Le dijo: “Usted tiene que estar loco.” “Sí,” respondió el Padre, “…pero de amor.”
Aquella vasija rota era yo. Puede también que seas tú. Por eso grito a todo pulmón y a los cuatro vientos:
¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo!, quien por medio de Cristo nos bendijo con toda clase de bendiciones espirituales del cielo (Efesios 1:3 – La Biblia de Nuestro Pueblo).
El Padre me compró, pero no con dinero. Me llevó a Su casa. Como experto curador de arte me restauró. Me agasajó con el derroche del cielo.
El derroche del cielo
El excesivo amor del Padre se manifestó con una excesiva lista de bondades. Me homenajeó con bendiciones espirituales que no merecía; catorce para ser exactos. Con las primeras siete, el Padre me dio un lugar en Su hogar.
- Me escogió. Fijó su mirada sobre mí. Gritó festivo “por fin te encontré.” Entre tantos objetos, era yo el objeto de su atención (Efesios 1:4).
- Me santificó. Me tomó en sus manos cuidadosas y me llevó al mostrador de la dedicación. “Tilín, tilín, tilín, tilín.” Con insistencia tocó la campanilla, más como quien quiere dar un anuncio. Sin titubeos le dijo al mundo, “A este lo quiero para mí” (Efesios 1:4).
- Me limpió. Él sabe que hay manchas que no salen sin los químicos correctos, por eso llegó preparado. Mojó un paño blanco con la saliva de Su palabra, con el sudor de Su búsqueda, con la Sangre de Su costado y me limpió (Efesios 1:4).
- Me amó. Entonces fue cuando me besó. Me llené de vergüenza, pero duró muy poco. Enseguida desapareció; ¡por fin desapareció! La vergüenza antigua fue lo único de mí que dejé en la tienda. “Que otro la compre,” pensé (Efesios 1:5).
- Me predestinó. Me susurró al corazón aún aturdido, debilitado e incomprensible, “Tengo tantos planes para ti. ¡Ya verás!” (Efesios 1:5).
- Me adoptó. Allí fue cuando me canjeó. “Oficial. Ahora eres mío.” Aunque era un hombre hecho y derecho, balbuceé a media lengua, “ahora soy tuyo” (Efesios 1:5).
- Me aceptó. Se acabó el rechazo, el abandono, el ser ignorado o pasado por alto. Adiós a la ignominia. Me llevó a casa. Antes nadie me conocía, ahora el Padre me conoce y sólo eso cuenta. Antes nadie me invitaba, ahora me siento a Su mesa incluso en presencia de mis angustiadores (Efesios 1:6).
De niño
Mis padres no quisieron matricularme de niño para jugar béisbol. Un vecino me llevó un día a un juego, pero pasé todo ese día en la banca. Mi vasija rebosaba de este sentimiento de inadaptado. Pero ese día, ¡glorioso día!, todo cambió.
Estaba sentado en la banca, pero el Padre celestial me escogió para entrar al terreno de juego. Me puso el uniforme nuevo de Su equipo, “sin mancha y sin arruga.” Me lleno de confianza, me dijo “tú puedes.” Supo en qué posición debía jugar. El coach que había antes me rechazaba y nunca me daba un chance, pero el Padre me aceptó y me dijo: “Voy a ti. Sigue adelante. Juega tu mejor juego.”
No se contentó con darme un lugar en el equipo y ponerme a jugar; una gracia ya plena – ¿a quién no le gusta jugar? Me dio además una doble porción de lo que ya era perfecto. Las otras siete. Pero esas las dejo para una próxima oportunidad.
El Padre me dio un lugar en Su hogar http://vla.lu/r07 #devocionales #meditaciones Share on XTe invito a que hagas conmigo esta oración: “Gracias Señor por cada una de estas bendiciones espirituales. Juntas representan mi identidad en Ti. Me ubican. Me llenan de propósito. Son ventanas en los cielos para la bendición que derramas en la tierra. Me has dado «la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo» (Efesios 1:23). Ya no estoy más vacío. Ya no soy más una vasija insignificante en esa tienda de antigüedades olvidadas. ¡Amén!”